Al fin


Al fin vi la transparencia,
el gesto exacto, la mirada primera.
Al fin toqué el tacto preciso de la luz.
Las estrellas eran dentro, el sol, los instantes...
Dentro de un vacío de noche eterna.
Al fin toqué la noche del amor, el misterio
que daba lugar al amanecer de mis ojos.
La cama estaba vacía, llena de inmensidades
sin forma, llena de prefijos y arcanos
de cuerpos inacabados susurrando un comienzo.
Al fin sentí tu tacto, tu caricia, tu vendaval infinito
de amor. Al fin sentí tu noche en mi día sin hacerse,
en mi hueco preparado para el milagro.
Y entraste, me amaneciste con un suspiro,
con un abrazo de océano y de cielo sin confines,
y el corazón se postró silencioso y la ausencia
se tornó privilegio de tu llegada, dicha regalada
para nadie. Y al fin, vacío de mí, pude contenerte...

Testigo en la impermanencia


La meditación me acompaña en todo momento, impregnando mi ser en cada acción y sentimiento. Es bello el ser consciente, el asentarse en la presencia de testigo, viendo cómo vienen y van las olas de la vida, aceptando y fluyendo con los movimientos, abierto y receptivo a esas vibraciones del momento presente, que nos desvelan la vida y sus misterios, misterios que siguen siendo eso, misterios... y esto es precisamente lo que no deja de alumbrar la sorpresa de los instantes, el amor que los contiene. Aparece esa compasión fruto de caminar en la impermanencia, al quedarse desnudo ante lo que sucede, lo que es único en este instante y eterno por ello. Sin pasado ni futuro, inocente.

Llega a mí la reflexión acerca de la inocencia y de su cualidad más esencial: su liviandad. No soporta ningún peso, camina cristalina, en la incertidumbre confiada del ser que la va animando. Y vamos dejando que la vida nos lleve... como testigos, como ojos que siguen una luz fuera que se corresponde al mismo tiempo con luz dentro, en el corazón. El corazón mueve al alma, y cuando nos dejamos llevar por él, confiados, como un niño de la mano de su padre, podemos tener la certeza de que el camino nos reserva melodías y tesoros indescriptibles.

Aire de silencio

Llueve aire de silencio. 
La piel de mi espíritu se humedece
al respirar la fresca quietud de lo eterno.
Camino hacia dentro.
Un océano de dicha
se va abriendo a mi paso.

Solamente ser

En la comprensión no-dual no hay ya nada que saber o que obtener. Es la vivencia misma la prueba de lo que uno es. Ni siquiera es necesaria la constatación. Solamente ser. ¡Qué gran misterio y cuánto amor sale de él, de este no saber, de este sólo ser!

Dios mora en Ti



La luz del sentido de la consciencia brilla en la permanente presencia del todo. Permanencia de verdad y amor en el corazón de la quietud silenciosa del ser.
Lo que amo es al amor que lo envuelve todo, que me envuelve. Su luz da sentido, ilumina, depura… Devuelve al ser a su inocente madurez de eternidad, a la raíz que nunca dejó. Su luz da sentido a las formas desde el espíritu que las anima: el espíritu que las llena de alma y se enciende de claridad, de compasión y de ternura.
Dios mora en Ti, no demores su encuentro, no demores el encuentro amoroso, el encuentro contigo. Enamórate del amor, débete a él... y todo te será pagado, en este mismo instante, con la infinita riqueza de la eternidad.


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