La claridad del presente


La claridad acontece a la conciencia al igual que el sol da luz a todos los objetos y con ello los hace presentes a la vista. La claridad de la conciencia nos despoja de la mente, de sus hábitos de murmullo incesante, y nos pone cara a cara con las cosas: con 'lo que es' en este instante. El presente es una dimensión sin tiempo, la única forma de conocer lo eterno. El presente es todo cuanto es verdadero en esencia, lo demás son solo apariencias que nos sacan de esa dimensión sin tiempo, la cual puede vivirse solo aquí, ahora. No tenemos que hacer nada para el presente aparezca, para que la vida se nos muestre como es. Más bien supone un dejar de hacer, un dejar de buscar por medio de la mente, abandonar toda estratagema y ver la claridad de esto que llamamos 'ahora', en la más pura y limpia trasparencia. En una sencillez que nos desnuda y nos deja tal como somos. Libres, completos. Aquí y ahora.


Escuchar este texto leído por su autor, José Manuel Martínez:

No-ser siendo

La luz que recuerda que eres luz
abre la puerta de lo oscuro y la llena
de un mirar claro y profundo.
Me llamas hoy, en un nuevo día,
levantas un mirar perdido
y lo enciendes con tu milagro
de presencia. Eres conciencia,
dimensión de estar en ti
sin objeto y sin sujeto.
Soy, pero nada hay aquí.
La totalidad y el vacío
son sinónimos de la gracia,
de la eterna felicidad
del no-ser siendo.
Soy el no-ser que escucha
los latidos de la vida.
Soy el ser que no escucha y oye.
El ser que no mira y ve.
No hay conciencia dormida,
ni sueño, ni dolor. Sólo hay ser
reposando su reflejo sobre las aguas.
Ser intocado que respira luz.
Luz no vista respirando visión.
Palabra callada cuyo silencio
es completa voz.

Aquello que siempre eres



Hay algo que siempre está presente, es la consciencia. El hecho de saber que eres, de ser consciente. En ese momento aparece el pensamiento 'yo', el lenguaje, la mente y todo el mundo de las ideas y las dualidades, el conflicto, el temor, el dolor, el placer, etc. Todo esto forma parte del juego del 'yo', del juego de la mente. No importa lo más mínimo que ocurra esto. No hay que esforzarse por cortar con ello, por evitar que las cosas sucedan, por reprender a la mente, etc. Todo lo que hagamos seguirá entrando en ese juego.

Lo único real es que eres, que sabes que eres. Viendo eso comprendemos la realidad primera, intocada y prístina, la realidad fundamental. Sabemos que todo lo que surja después, que todo lo que creamos que somos, que cualquier formulación ya es de la mente. Sin embargo la conciencia no desaparece, es el fondo bajo el que todo sucede, el gran silencio sobre el que nacen todos los sonidos. El gran océano que ve nacer y morir las olas infinitas. El mar está en calma o agitado, pero siempre es el mar. Los sonidos cambian, la melodía siempre es otra, pero el silencio es siempre el punto de partida, el mantenedor de todo, lo único real y constante. Tú eres eso. Tú eres la conciencia que siempre es. La luz de la conciencia. Lo demás no importa, no te preocupes por ello, si sabes que eres.

Sé testigo del milagro de ser. No te esfuerces por ser esto o aquello. Sé lo que eres, nada más. Sé el todo, no te conformes con la parte. Si lo miras bien, afortunadamente, no tienes opción alguna, siempre eres lo que eres. Darse cuenta de esto es lo más evidente que puede ocurrir, es como mirarte en un espejo y ver tu rostro directamente o señalar un árbol y ver el árbol. Mira en tu interior y encuentra aquello que siempre está contigo: la consciencia. Eso que está en ti por encima de todo fenómeno cambiante, eso que está en todo, que todo lo penetra e interpenetra. A esa consciencia total también se le llama felicidad real y completa.

La paz del silencio

El sabio no trata de llegar a ninguna conclusión, a ninguna comprensión intelectual sobre la vida, sino que únicamente vive de lleno el misterio de ser, sabe que no es cuestión desvelarlo y por ello solo mora de forma espontánea en él. Él mismo es ese misterio, experimentando eso ya se conoce por siempre: pues vive lo que él mismo es. En el silencio aparece ese misterio, ahí nada lucha con nada, sólo queda paz eterna, unión total sin dualidad alguna. Cualquier aparente dualidad se disuelve en comunión serena con el silencio. Cuando ya no queda nada por hacer, comenzamos a ser. Ahora mismo puede ser el momento apropiado para ello.

Todo momento presenciado vivamente llama a la quietud en el abrazo hondo del silencio, en la mirada contemplativa que se funde en las cosas; siendo ellas mismas -prodigio presente- la respiración del ritmo natural del mundo y sus instantes. No hay separación en el ser, todo aparece por sí mismo y su acontecer se funde en la visión no-dual. No hay lucha mental, ningún conflicto ni anhelo alguno, pues todas cosas siempre han sido y son lo que son, sin nada que añadir o quitar. Cuando el sujeto, la identidad individual que prefigura la separación, está ausente, no hay objeto al que agarrarse y tiene lugar la libertad total, la unidad, la no-dualidad. La paz del silencio es un vasto océano cuya esencia palpita en el corazón del ser, en la luz brillante de la conciencia.

Amor consciente


El amor es la gran verdad del alma, aquello que sabemos sin necesidad de interrogar a la mente, pues cuando el amor se manifiesta somos nosotros mismos los que mostramos nuestra esencia real, aquella espontánea y genuina que nos comprende. Para amar no hay que hacer ningún esfuerzo, es una fuerza que brota del interior, como el aliento cuando exhalamos. El aire nos llega de forma natural, porque la vida es el corazón de nuestros actos y como tal, es el centro y vitalidad de lo que somos. Aquello que somos no puede buscarse fuera, no puede ser algo que hayamos perdido, pues: ¿qué seríamos entonces si la razón del ser no se halla en este momento en nosotros? Cuando aprendemos a ser nada más que lo que somos, la libertad es plena. Sobra todo esfuerzo, todo intento por forjar una identidad superficial y adquirida. Este aprender, por tanto, es -en verdad- un desaprender: ser uno mismo, tal cual, sin artificios.

Siendo solamente, comprendemos en el corazón -sin necesidad de palabras y argumentos- que ahí reside la verdad, que la totalidad ha sido siempre esa verdad presente. El amor es la fuerza inmediata que nos presenta tal verdad. Amando, a uno mismo, a los demás (al ser sin distinciones), recobramos consciencia de nuestra verdadera sustancia integradora, aquella que está unida eternamente a lo que ella Es; la verdad, la luz del corazón: la vida consciente, el amor...
Ver en vídeo, leído y realizado por José Manuel Martínez Sánchez:

La consciencia autoevidente

Vivir conscientemente quiere decir estar en la vida. "Eres el ser que sabe que es", la realidad de la existencia es consciencia pura, correspondencia natural con lo que acontece. El ahora está vacío porque todo es natural en él, el mundo es armonía en el momento en que es visto con clara mirada, imperturbable, llena de presencia. Tus ojos son el ser, tu cuerpo es el ser, tu respiración es el ser; y todo lo que aparece es el ser. Eso es la unidad, el sustrato -la Esencia-, aquello que está presente siempre bajo cualquier fenómeno transitorio. Aquello que siempre permanece es lo que eres, lo demás son apariencias. Tú eres la Esencia, el Amor, aquello que es buscado fuera se encuentra en ti, dentro. Dentro y fuera son conceptos, pero la dimensión unitiva del ahora consiste en la vivencia consciente del mundo. "Yo soy el ser que sabe que es", esta constatación espontánea es fruto de la Consciencia, la más íntima realidad, el más grandioso tesoro que nos muestra que ya somos lo que buscamos. Este es el gran misterio, aquello que no puede ser descifrado por la mente pero sí realizado por el ser, pues es su naturaleza real.

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