No hay hacedor


No hay esfuerzo en la meditación. Al ver esto, la luz aparece sola. Sólo sé consciente de ti, respira, observa todo tu ser, déjate llevar, sencillamente, de forma natural, y todo llega. A veces sentimos que conocerse a uno mismo puede resultar una tarea ardua y costosa, pero es precisamente todo lo contrario. Cuanto más impedimentos pone nuestra mente, más nos alejamos de esa sencilla realidad que consiste en establecerse únicamente en el ahora con todo el ser. No tenemos que hacer nada, la vida funciona sola, hagamos o no hagamos lo que pensamos que tenemos que hacer, el hacer es sólo una ilusión que creemos realizar, es la ilusión del ego, la de un ‘alguien’ que realiza.
El ser siempre está ahí y observarlo, sentirlo, respirarlo, es ya la mayor realización. Posiblemente somos muy exigentes, se espera una trasformación radical, unas circunstancias completamente idóneas para lograr el anhelo de la felicidad, pero todo eso no es real: la única cosa idónea es que tú estés presente en este momento, despierto en ti mismo y consciente de lo que sucede. Si eres consciente, eres libre; y si eres libre nada te puede impedir ser lo que eres: ahora, aquí, en este preciso momento.

Siendo lo que el Ser es

En la meditación el silencio aparece como realidad esencial en que nos ubicamos, pues lo sereno hace ahí morada y el ser encuentra su reposo natural, sin sufrir los habituales reclamos de la mente. Es muy probable, si la paz interior no se ha estabilizado aún, que surjan frecuentes distracciones. La actitud a tomar en ese momento marcará el porvenir de los momentos siguientes. Si nos identificamos con la distracción -supongamos, un determinado pensamiento- nos iremos yendo -sin darnos cuenta- del estado meditativo; pero si observamos, indiferentes al pensamiento, el silencio como morada segura y pacífica, la mente podrá aquietarse de nuevo, hacerse trasparente para la conciencia: dejando el espacio abierto al presente calmo y silencioso del Ser en su toda infinita presencia. No hay nada que buscar sino contemplar al Ser morando silente alrededor nuestro y en la propia mente. Él está con nosotros en todas partes, sólo hay que comprender que siempre ha estado ahí y que nunca dejará de estarlo. Así que, ¿de qué preocuparse? Usted es el Ser que le acontece a cada instante y el silencio es el espacio sagrado en donde surge pleno y radiante. No hay dualidad: ambos, usted y el Ser, son la misma cosa. Al comprenderlo, el velo desaparece y se muestra la rosa tal cual es.

Creatividad y libertad

La creatividad va unida a lo que somos, el hecho mismo de ser ya es una obra de arte que no deja nunca de nacer. Cada día se torna distinto, conforma una pequeña vida plena en sí misma donde aprendemos algo nuevo, adquirimos más conciencia, nos hacemos más verdaderos. Todo se compenetra cuando mantenemos una atención consciente. Lo que verdaderamente necesitamos, buscamos o queremos entender se va resolviendo, cuando la búsqueda es sincera, sin intereses ni condiciones de por medio, abierta a ver el camino mirando a la realidad directamente y sin prejuicios, sin querer cambiarla o manipularla, solamente con una firme voluntad de comprensión. Entonces resulta completa la calma, profunda y libre, al ser lo que somos del modo más natural, creadores espontáneos naciendo al presente. Una calma que también puede llamarse auténtica libertad.

Calma y entrega

En el acceso al interior la calma de la mente es la gran apertura. Al calmarse la mente ésta se puede adherir sin esfuerzo a la presencia integradora de todo fenómeno en la realidad imparcial y receptiva del ser, ecuánime en su apertura a “lo que es”, a la aparición continua y directa del ahora, aprendiendo uno a liberarse de los conflictos que interfieren en la experiencia directa de la realidad.

¿Cómo llegar a ese estado, podríamos preguntarnos? Cualquier esfuerzo resulta innecesario, solamente añadiría tensión y eso nos alejaría. Encontrar la calma supone dejar de lado todo intento, supone una cierta renuncia, una entrega, una confianza en el ahora, rendidos a él como en un plácido sueño atento, que nos encuentra y en el que encontramos con el mero hecho de respirar, de ser, de movernos, de ver, de sentir, etc. Cada instante puede ser –es- ese encuentro auténtico con la calma interior cuando nos convertimos en el instante mismo, plenamente vivido.

Alma de la tierra

Lo auténtico, lo hermoso
vive en ti como flor
de la tierra. Alma,
cúspide del origen,
envoltura secreta,
vuelas a lo alto
encumbrada
por tu hálito.
Plácida, completa,
abres el círculo
de la noche abierta.
Manantial y sincera,
cantas humilde
a la breve primavera.
Tierra amante, escogida
entre tantas estrellas,
te haces una en tu paraíso
y múltiple en las cosas bellas.
Tienes mi amor en tu canto,
mi flor en tu jardín dorado,
mi entusiasmo en tu altura.
Un sollozo te olvida
y tú le muestras el milagro
de ser siempre tuya
en lo hondo nuestro.
Te vemos en tu tierra hermosa
de amor venida,
de amanecer llegada
y nunca ida.
Contigo la luz colorea
el bálsamo del viento
y el matiz de los sentidos.
En ti se mece y profunda
el gesto sencillo, la palabra hermana.
Desde el primer sabor
viniste como amante y morada
y te adentraste en nosotros como el aire:
de amanecer llegada
y nunca ida.
Alma nuestra, alma de tierra,
eres el alma
de la tierra entera.


Poema recitado:

"Alma de la tierra", Voz, texto y realización: José Manuel Martínez Sánchez.
Música: "Sarabande", Handel.

El buda que hay en ti

La historia de Buda nos habla de nosotros mismos, de la propia historia interior del hombre, de un hombre que se trata con profundo respeto, que busca encontrarse porque se ama y porque quiere cuidar lo que hay dentro de él, porque sabe que el sufrimiento, el egoísmo o el odio nada le aportan y que esa liberación anhelada es sencillamente un acto de amor, el límpido acto de amor hacia el ser que sabe que vive en él así como en todos (al puro ser, no al sentimiento de individualidad –no hay tal atman: anatman- sino al ser en todo) por eso Buda predicó ese encuentro con la conciencia, predicó esa forma de estar en el mundo completamente en armonía, consigo mismo y con los demás, completamente aquí, ahora, y no en otro lugar, abierto a la verdad que se traduce de la contemplación no enturbiada por nada, directamente fijada en lo que está aquí (el dharma).

En el Isha Upanisad encontramos estas bellas palabras: “Quien ve en todos los seres al yo y al yo en todos los seres, a nadie odia”. Es así que el amor no conoce de destinatarios concretos sino que es el amor por si mismo el que se revela en todo acto hacia dentro o hacia fuera, es su propia personificación, donde entramos nosotros, ellos, aquellos y todos los seres, es la identidad auténtica con lo Absoluto, con el Brahman. Leemos en el Brihad Araniaka Upanisad: “Hay identidad entonces entre el Atman, el yo individual, miel de todos los seres, y Brahman”, una identidad total con lo sin nombre, aquello que es todo y nada o ni todo ni nada, la verdad interior, inmaterial, pero viva, consciente, en el corazón de los hombres: el amor compasivo. Qué bella verdad la que trae el conocimiento, el despertar. Sólo nos queda añadir entonces, como expresa el Dammapada: “Feliz es el nacimiento de los Budas”.

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