Conciencia plena


La muerte es un sueño
en el que la individualidad se olvida;
todo el resto del ser tiene su despertar,
o, mejor, no cesa de estar despierto.
Arthur Schopenhauer

En la constante sensación de “yo soy” la persona se va despojando de su individualidad, de sus identificaciones, porque ve que lo que permanece es esa constante verdad, perciba lo que perciba, esté donde esté, sienta lo que sienta. Más allá de esos fenómenos, de esas apariencias de realidad, subyace la realidad última y primera, la sensación de ser. Esta, nos acompaña durante toda la vida.

¿Y quién siente que “yo soy”? El testigo o la presencia de eso. El que nunca cambia, el que siempre ve al ser allá donde mire (pues se halla consigo mismo).

Al identificarnos como algo separado de la Realidad Total, el individuo, que se ve a sí mismo diferente del resto, experimenta la egoicidad, lo que inevitablemente le trae el sufrimiento, que no es más que el deseo de plenitud. Ese olvido de nosotros como Esencia Primera, como verdad con todo unificada, experimenta desde que nace el deseo de liberación de tal sentimiento de separación (al igual que el río –separado de los demás ríos- camina hasta fundirse en su inmenso mar, al que llegan todos los ríos).

El yo se busca a sí mismo y en ese buscar siempre encuentra algo más grande, pues es su naturaleza y su fuente la conciencia plena, un Yo oceánico capaz de acoger a la pequeña gota extraviada y de decirle: tú eres Yo, siempre lo fuiste.

Amor hallando su luz

La experiencia interior de algo tan auténtico como nosotros mismos surge como un manantial de amor que purifica, que sana cualquier dolor, trasformándolo en luz abierta a su propio surgimiento, en serena claridad que se asoma a la realidad. Esa realidad que en el interior nace es la experiencia de la belleza mostrándose al ritmo del corazón, la vida nuestra colmada de gratitud hacia el ahora que es tocado en la paz del ser, el cual se manifiesta como la llama de una vela que despliega con su brillo penetrante el centro de la emoción compasiva, cercana y elevada, aquella que nos abraza en el sosiego, como lúcida sonrisa de beatitud.

Somos amor, en nosotros reside el inabarcable potencial de la verdad iluminada, la más pura esencia del milagro de ser, de respirar, de conocer, de sentir con todos los sentidos como testigos de la conciencia y su esplendor continuo, como regalo incansable que nos invita a expandirnos en el espacio abundante de la más concreta realidad: presente siendo vida, vida siendo conciencia, conciencia siendo exactamente lo que es: amor tornando a su centro, amor hallando su luz.

El buda que somos

Buda alcanzó la iluminación al comprender las causas del sufrimiento, de este modo se liberó de la ignorancia y de las ataduras del deseo. En el sentido más profundo, comprendió que no había nada que alcanzar. La comprensión le trajo el despertar, lo sacó de la ignorancia y le llevó más allá del apego a la existencia y el consecuente deseo de devenir.

Partió firme hacia el conocimiento, liberándose de todo el enjambre -logrando la cesación completa- del deseo y de sus causas. Esto lo realizó meditando, yendo hacia dentro. Es decir, no evadiéndose de sí mismo, sino viendo a través suyo lo que el ser es. Nos trasmitió que esto se podía lograr (que había un camino medio, equilibrado, para experimentar el claro despertar), que todos podemos acceder a esa dicha del autoconocimiento, a esa liberación que consiste en saber vivir sin ser presa de las emociones, pasiones, deseos y motivos egoístas.

Fue su propia luz desde entonces, el devenir dejó de ser causa de aflicción involuntaria y se trasladó al gran dominio de la comprensión de la verdad en todo momento, en todo movimiento, en toda acción y palabra, consciente, compasiva y profundamente atenta. Esta es parte de la valiosa sabiduría que Buda nos trasmitió, que él supo al encontrarla en su interior, fue la verdad que llevaba consigo el buda que también todos tenemos dentro como fermento, semilla, parte evolutiva, de la conciencia que somos.

Quietud reveladora

La luz viene y va al ritmo del corazón. Es luz tranquila porque el corazón está tranquilo. El principio básico de la meditación es la serenidad. Cuando se reposa en la quietud la visión es clara y penetrante. Nada la perturba. Meditación significa paz, calma, profundo amor constante y consciente, en convivencia con la verdad interior, fiel a su sentido.

El amor cruza todas las distancias, vuela con las alas del alma entrelazadas al aire esencial. En la quietud meditativa el alma se eleva hacia confines sosegados, evocando lo verdadero en sonrisa dulce de amor. Todo es real, todo está aquí, todo responde al ser, pues es el ser quien lo realiza: testigo de sí mismo y de todo formando parte de él. No hay nada que pueda escaparse a la integración pacífica del uno con el todo, a la unidad o no dualidad como premisa para el entendimiento espiritual.

Todo vive en amor cuando el amor nos vive, cuando nos penetra inmenso con su brillo de cálido reencuentro. Y llegamos así al hogar, al ser, a la vida plena.

Nirvana


Todo en ti es nirvana.
Vives la plenitud
del ahora primordial.
Todo lo mece
esta ofrenda
que realizas callado
a lo eterno.
Tu cuerpo
se baña
en el vacío vigilante
del aquí sin sombra,
sin huella, sin origen.

Un pájaro canta
sonriente tu nombre
mientras se pierde
con el aire.
(No hay más
nombres).
De toda luz se abre
el amor completo.
Desborda, conmueve
el son de este aire
sin forma
y tangible en todos.
Sabe, pues, a silencio
y a aire. ¡Sabe
a aire el aire!

De amor la lágrima
llueve bondadosa
y verdadera. Cálida
como el viento
que sopla en primavera.
De amor llueve esta luz
que toca el corazón
de la entrega.
Llueve el amor
de la luz primera.
Llueve, llueve,
la luz entera.
Vive, vive,
en fulgor reposado
el ahora que siempre queda,
que siempre es visible,
que siempre es llegado.

Escuchar este poema recitado:

La mente que apunta a la conciencia

En el Atma Puya Upanishad leemos: “La mente constantemente apuntando hacia Eso, es la ofrenda”. Eso señala al Todo, al Absoluto (la mente que apunta a la conciencia) y mire a donde mire, no hay restricción alguna, simplemente libertad, darnos cuenta. Estar ahí, arraigados por entero en lo sin límite permite a la conciencia ser presencia del hecho consciente. La desatención es olvido de la conciencia. En la voluntad hay un sentimiento de que es el “yo” quien hace las cosas, de que en su atención está eligiendo la realidad y creándola (como bien explicó Schopenhauer), pero en el profundo ahora son las cosas mismas las que tienen su voluntad de ser, las que eligen al ser. Una voluntad continua que no se esfuerza por hacer real lo que es, pues siempre ha sido. Una voluntad que acontece, que vive en su realización y que observa a la conciencia como forma misma de su naturaleza, de un modo no selectivo, no condicionado por el acto que busca un resultado. Ocurre perfecto el resultado en la actualización de la realidad, en ese ahora donde todas las cosas están como deben estar.

Estrellas que soñamos


AUDIO: "Estrellas que soñamos", (poema recitado).
Texto y voz: José Manuel Martínez Sánchez.



Estrellas que soñamos

Canto a la noche
para que traiga sus estrellas
hacia su espacio sin fondo.
La noche aparece entonces, viva y solitaria,
de cielo perdido en lo más grande,
y flotando en el color
de sus ausencias: las estrellas.

Estrellas del cielo sin espacio,
sois de nadie y en todos aparecisteis.
Sois de nosotros, pero vuestro irse y quedarse
no nos pertenece. No lo mueve nuestro llanto.

Queda solamente el tacto en la presencia
de los ojos lanzándose enamorados
a vuestro acontecer, expuesto sin límites,
perfecto e inconcebible.

Exhaláis la calma entera.
A pesar del cansancio de los siglos
nada irrumpe el ritmo que os señala.

Sois de vosotras y de nadie,
espacios del éter en el interior de los hombres,
semillas que dan lugar al corazón,
raíz de todo sueño, esperanza
o ilusión imborrable.

Estrellas que duermen allá en lo alto
y que despiertan borrándose en lo infinito
sobre la senda que pronto trae su luz al alba.

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