Contemplación mística

Un corazón que ama es un corazón amado,
en su entrega la dicha resplandece, el ser
se hace uno con la materia amada, con el prodigio
de dar respuesta al callado anhelo que respira lo eterno.
Y el mundo se hace voz unánime del íntimo sueño,
imagen de imagen que reposa en la mirada infinita.

La aspiración al despertar

Por rebeldía, apagué la luz de mi casa,

pero tu cielo me ha sorprendido con sus estrellas.
R. Tagore

La desesperanza, el canto del vacío, esa noche oscura donde luchar contra la vida sin mirar a la vida misma, ciegamente, con el dolor a cuestas de la soledad y la insatisfacción, requiere con seguridad de un momento de renovada conciencia, de clara visión de las cosas, no en el tumulto del deseo o de las palabras, sino en el silencio cálido que surge al acercar la vista al corazón siempre naciente. La enseñanza espiritual, ese dharma o ley que nos muestra las cosas tal como son, se esconde a veces entre sombras y trabadas ilusiones, pero no deja de acompañarnos el acontecimiento de la verdad espiritual: aquella que nos llena de eternidad, que supera la limitación mente-cuerpo y se enfoca en el sabor nuevo que todo instante celebra. No hay verdad permanente, la verdad se descubre en cada llamarada de atención a “lo que es”.

El dharma siempre es incondicionado, permanece vibrando y transformándose en todos los objetos de la experiencia y más allá de ella. Imprime el frescor del nacimiento espontáneo, libre, por nada limitado, de la comprensión verdadera. La práctica de la Vía, del Dharma, como afirmó Dogen: “es simple y sencilla”. Tanto, como observar la lluvia cuando llueve o el canto de los pájaros cuando cantan. En la contemplación de la naturaleza brota el verdadero dharma a cada segundo, cuando la atención se integra con ella. Ahí todo es un continuo nacer, continua renovación. Lo que afuera acontece –como dentro de nosotros- es el Sí mismo en perfecta unión. Observar, estar ahí donde la vida está, es despertar. La aspiración al despertar nos conduce a él, así como la aspiración de dar un paso nos conduce a caminar. Más allá de este mundo impermanente está la Conciencia intocada y pura, el océano del Sí mismo, que nos integra en todo desde la claridad del sereno asombro, ecuánime, discerniente; y desde su paz dichosa, completa, rebosada y rebosante.

El bello misterio de la meditación


Tú no eres el reflejo,
pero el reflejo eres tú.
Maestro Tozan
(Hokyo Zan Mai)

Ni siquiera la forma que observamos de nosotros, tan íntima como hermosa, es el reflejo completo de lo que somos. Mucho más supone lo que nos brinda la realidad interior. Tanto, que captar apenas en algo su intensidad nos eleva al momento sin tiempo, sin mácula, del despertar. Todo lo observado es lo que somos. Y esa aprehensión se trasluce en el desapego hacia el fenómeno maravilloso. Mucho más es lo que brinda vivir en la estela del estar siendo, sin nada que tomar como nuestro y, en consecuencia, sin nada que nos cueste dejar. La meditación por ello, es indescriptible, porque en ella hay un nacimiento constante, donde la admiración del descubrimiento propio, de la grandeza del corazón que se deslumbra y emociona con el ser que le respira, y la fluidez de esta respiración que se deja ir y no se aferra a engrandecer o ilusionar lo vivido, forman la simbiosis de una perfección entregada al instante que, gozosa y generosamente, dejamos marchar hacia un regreso que envuelve. El meditar, como comprendió el maestro Tozan, “es inocente y misterioso, ni siquiera pertenece a la ilusión o al satori [iluminación]”. Tan íntimo como no nuestro, así es el regalo que nos enseña la conciencia atenta a su misterio. Un vendaval de libertad que acoge al espíritu y lo serena, conduciéndolo al centro de su infinitud.

El ser no condicionado

Ni tiempo, ni espacio, ni movimiento… He ahí la naturaleza del ser no condicionado. Sin nombre, ni forma, sin sueños ni divisiones del nombre ni de la forma. Sin reposo ni urgencia, inconmovible y activo, fijo y suspendido, en todo sujeto y a nada preso, como una ola del mar, apasionada en su extinción. He ahí la naturaleza del ser no condicionado. Tenso en el reposo, reposado en la resistencia. Estable entre las inclemencias, clemente y compasivo ante el odio o el sufrimiento, como una llama de cobijo o un súbito frescor de ternura, acompasando silencios y palabras, cumbres y abismos más allá del vértigo o del azar sin respuesta. Ni tiempo, ni espacio, ni movimiento… No hay condición alguna para el ser que mueve libre las alas en su perfecto instante de vida.

En la cumbre del ser y la conciencia que le atestigua, todo ya está hecho. La luz de la verdad no declina, y el alma del viento conoce por siempre el canto de su dicha naciente. He ahí la naturaleza. He ahí el ser no condicionado que alumbra la morada profunda de la conciencia. Sin estado posible que lo separe de su estatura inefable, porque unificado en todos no está en ninguna parte; y en todas presente.

El ahora

El presente es una nube que pasa. Así lo experimentó Buda, así podemos experimentarlo nosotros cuando meditamos, es decir, cuando vivimos completamente en el ahora. Tal vez –en ocasiones- la realidad se entrecruce con los sueños y el pensamiento desatienda la atención que la vida notifica. Pero siempre hay momento en que uno puede darse cuenta de ello, dejando de alimentar esa estancia paralela de los pensamientos inacabables, que consumen nuestra energía y nos separan de la conexión con la vivencia exacta de los objetos de la experiencia. Siempre hay un momento que representa un comienzo: el principio de la consciencia plena. Sin que el ego obstruya la experiencia, donde el yo realmente pueda sentirse unido con lo que es, dejando ya de lado la identificación con lo que quisiera ser o con lo que deseara que aconteciese a su ser. Entonces –cuando el ser es vivido en la simultaneidad de su ahora- se halla la plenitud, el equilibrio, la realización completa, esto es, a la que no le falta nada.

¿Qué le puede faltar al ser si siempre ha de ser completo por sí mismo para que realmente sea? Es su necesidad ontológica. Y experimentarlo así supone la prueba intransferible –acaso mística- de su existencia. Siempre está ahí el ser, si lo miramos fijamente en el interior. No le falta nada, es el punto infinito que brilla en el espíritu y que da vida al corazón. Es un conocimiento vivido. Se vive en el ahora. Posiblemente la forma más bella y verídica de conocer. Tan bello que se difumina como un puñado de arena –en unos segundos- entre las manos. Hasta que volvemos a tomar otra porción de arena; y el ser se vuelve a hacer presente. Ahora. Esa es su magia, su misterio. Tan real y palpable como la vida, que no deja nunca de asombrarnos.

De la esencia de Dios (o del Amor)

Encontramos en la historia humana un lugar común que habitualmente llamamos búsqueda del sentido del ser. Llámese religión, filosofía, poesía o cualquier otra expresión que sustente esta motivación existencial: el fondo siempre es el mismo. Ahí el buscador habla la lengua que apremia la búsqueda, el sonido interior que reclama albergar voz de sentido a su torbellino de incertidumbre. Las palabras, que siguen el curso vital del alma que las pronuncia, aprenden la realidad con la mirada puesta en hilvanar el significado de su camino. En el comienzo del Svetasvatara Upanisad (1.1) la pregunta resulta solemne e inspiradora: “¿Es el brahman [Dios] la causa? ¿De qué hemos sido engendrados, por quién vivimos y en qué nos sustentamos?”. Una pregunta que sin duda requiere de respiración tranquila, de motivación sincera y de una conciencia abierta al ser que recibe las impresiones del aliento espiritual que desborda su comprensión racional al tratar de responderla.

Una emoción asentada en el amor sereno habrá de desprenderse en el sentimiento de quien busca a Dios y recibe letras integradoras del ser y su mundo, tal que unicidad deslumbrante que enseña la grandeza del alma y nos ayuda a descubrirla en nosotros. El tiempo y la eternidad dejan de ser dos caras de una misma moneda que a la fuerza hemos de elegir y ambas se concilian en la visión total del tiempo eterno, en el acontecer sin rastro de continuidad, en ese eterno ahora que amplía el corazón desbordándolo de paz infinita. Ahí reside la semilla de la meditación con sentido, no el simple ejercicio de dejar la mente en blanco porque sí. Entregada, integrada en todo y consciente de sí, la mente se abre al amor puro que respira el reconocimiento intuitivo de la esencia que la sustenta.

La mirada del amor registra el prodigio del ser que le asiste y le permite experimentar la realidad de su bienaventuranza. Porque, cuando los ojos del amor vislumbran el mundo, descifran el paraíso que la luz de la conciencia pinta en los lienzos del alma. En ese amor uno recibe la luz entregándola, o solamente asistiendo al espectáculo de verla y tocarla, ya no dividido ni limitado por los deseos, sino inserto en todo lo existente, como partículas desplegadas en la totalidad, compartiendo una esencia sola. Así es el amor, un continuo dar, que siempre llena.

La luz del silencio

Hay instantes en los que el silencio se instala en nosotros –o bien nos instalamos nosotros en él- y todo se aquieta y fluye en ese reposo completo cuya palpitación se iguala con la presencia interior; y también con lo que afuera acontece. En un profundo descanso atento se hace idóneo adentrarnos en los silencios ocultos que sacan su luz pacificadora, mostrando a la mente el infinito latente de su maravilla.

Sólo es necesaria la intención para encontrar ese gran cofre de sorpresas que la calma interior nos regala. Con sólo querer oír el silencio, éste se nos pone en frente de la percepción y nos enseña la grandeza de su misterio primordial. Nos despierta y aviva haciendo grande lo debilitado, y fuerte lo pequeño. “Cuando los pensamientos se disipan, el ser brilla por sí mismo”, declaró Ramana Maharshi, sabedor de esa altura vibrante e insondable que es habitar el Todo en ninguna parte, morando en la cavidad estática del alma conectada a su fuente divina, siendo en el no ser para serlo todo en sincronía, en encadenado nacimiento constante.

Allí todo es no nacido, verdad que no necesita ser escuchada ni respondida, como cualquier llegada al hogar todo es reconocimiento íntimo, donde rebosa la presencia sabedora de sí misma, con plenitud amorosa, agradecida y por siempre recompensada. No hay día que no se busque la felicidad ni camino más directo para llegar a ella que entrar en la morada íntima de la conciencia silente y atenta.

En busca del conocimiento

La conciencia libre eventualmente asume ciertos desafíos. Me refiero al conocimiento de lo nuevo, al momento en que todas las concepciones anteriores, esas verdades asentadas pasan a trasformarse, enriquecerse, integrarse con otras ideas que se instalan en la visión interior de las cosas. Aceptar lo que consideramos nos conviene, en beneficio nuestro y como herramienta para trabajar en el beneficio de los demás, es una virtud del criterio que también suele llamarse apertura, sabiduría o discernimiento. Comienza diciendo Aristóteles en su Metafísica quetodos los hombres se empeñan por naturaleza en conocer”. Y en ello estamos durante este camino de la vida. Conociendo lo que somos, lo que no somos, la verdad que palpita tras las apariencias. Observamos, desciframos, intuimos, valoramos, entendemos.

Multitud de procesos se dan en la conciencia que vive la pulsión de su ritmo dinámico. Y solamente de nosotros depende tomar o no el fruto, más allá de la tentación, sino en el territorio de la invitación amorosa y libre que es el conocimiento, la fructífera fuerza de la realidad colmada de verdad. En resonante proverbio expresó Antonio Machado que: “Nuestras horas son minutos cuando esperamos saber, y siglos cuando sabemos lo que se puede aprender”. En la incertidumbre de aceptar la posibilidad del saber, en la certeza de vislumbrar las cosas que podemos aprender, se enciende una llama viva de presente fértil cuya luz descubrimos ascendente, inextinguible, precipitada de tesoros cercanos. Instados a saber, como dijera Borges, “lo que Dios sabe”, como aquel cabalista que “al fin pronunció el Nombre que es la Clave”, la vida cobija símbolos y cosmogonías que seducen a nuestro intelecto, que potencian todas nuestras capacidades y nos invitan a buscar el conocimiento del por qué de las cosas, que es siempre el conocimiento de uno mismo, fractal del Todo. Y en ese sueño navegamos, despertando a cada instante.

La fuente del ser

Hay una vivencia del yo que implica saberse consciencia, que trasciende lo ordinario. En la búsqueda de uno mismo, en ese camino necesario en la vida basado en la experiencia vital, en una comprensión de la misma, en un aprendizaje que reclama tenerse en cuenta, hay un eco del ser que nos guía la experiencia de búsqueda. Así, puesta la atención en nosotros, con la motivación encendida, enfocada en el ser que se nos muestra cada vez más tangible y directo, comenzamos a observar lo que nuestros ojos, antes, eran incapaces de ver. La visión extiende su alcance, el paisaje se enriquece de matices y elementos antes no percibidos, el camino se torna fructuosamente transitable, la perspectiva que averiguamos llama al caminante, le invita al viaje y lo llena en su transcurso con la vivencia plena del descubrimiento.

Una vivencia nueva, donde el instante renueva lo vivido, como un soplo de aire fresco, subraya la libertad que solicita el alma para expresar su verdad. Todo momento puede ser algo nuevo, no hacen falta grandes cambios aparentes, pues el viaje interior puede surcar lo infinito con una sola inspiración consciente, con un destello espontáneo de intuición espiritual, con una realidad que nos avisa de lo eterno. No hace falta convencernos ni que nos convenzan de esta verdad. La verdad, sólo es real para quien la sabe (para quien conoce su sabor). Para quien la recuerda, para quien comprende que no hay olvido que la empañe a partir de entonces. Encontrar la verdad significa haber llegado a la fuente; y entonces ya siempre podremos beber de ella.

Reencuentro de la luz

La luz se abría cálida en los costados del alma, subió
como ráfagas entre sueños de vida, clara y segura
de sí misma, culminando verdades y caminos,
recobrada como una esperanza no huída, no abatida.
Es la luz siempre amada, poblando dicha en tierra calma
o anunciando renovado indicio de etéreas bienvenidas.
Es así la luz soñada como aire ineludible, como senda
que cruzar disuelto en el no tiempo, nuevamente hallado.

Amor universal

Vivir integrado en la unidad significa no hallar diferencia alguna entre lo tuyo o lo mío, verlo todo en el mismo plano, fundidos con todo lo que suceda, formando parte de la cosa en sí, sea cual sea el foco observado. Hay observación real en el instante único que vive unificado en la conciencia eterna. La experiencia de lo místico, de esta unión con el Todo, puede ser sentida, acaso simbolizada. Puede no hablarse de ella, incluso conociéndola, porque por mucho que digamos de ella siempre será poco. En este aspecto, la frase de Wittgenstein que nos invita a callar ante lo que no se puede hablar es muy sabia. Pero al menos, se puede corroborar, como tantos místicos han hecho, su existencia, a través de su mirada de paz y amor, de sus silencios, de su suave hablar vacío de ego y profundamente generoso. La ofrenda de amor hacia el otro supone entregar una verdad mística, llena de belleza, de realidad con sentido.

Ser todo amor, renacer siempre en esa conciencia. Darlo todo por el sólo hecho de dar, sin condición de reciprocidad alguna. Llenarnos el corazón al entregarlo. Esa es la verdadera palabra del sabio. No decir la verdad con teorías, sino vivificarla, siendo su acción, su movimiento de virtud el baño purificador. Siendo su ser mismo la verdad rebosando. Amanece el camino de quien se encuentra a un ser así, o comprende esa verdad en sí mismo. Porque esa verdad está presente en todos, universal como la vida, única y total como toda esencia, gen de todo lo creado. No se puede olvidar lo que el corazón memoriza como pulso de sentido, como ritmo de existencia motivada. La verdad del amor nos ama más que a nada en el mundo, porque siempre corresponde, responde con creces, infinita, auténtica. Sólo hay que sentir la llamada del amor para comprender que somos eso, que formamos parte de ello; y, por tanto, siempre podemos experimentarlo, regalarlo, recogerlo.

La certeza

Liberador es cuando comprendemos que todo lo que nos ocurre tiene un sentido, que no responde a una fútil casualidad sino a un desencadenamiento de procesos substanciales para la formación de nuestro ser. Todo lo que sucede es necesario vivirlo, por dura que a veces parezca esta afirmación, ayuda, en última instancia, el llevarla consigo. Ante la adversidad o ante el viento propicio una firme certeza, no dependiente de nada y en sí misma asentada, pronostica un destino floreciente.

Estar ya es ser. La certeza de que todo tiene un sentido es ya dar sentido a todo. La razón no puede abarcar eso, pero sí la intuición, que tiene su propia cognición silenciosa cargada de destellos, de verdades que rozan el corazón con soplos únicos de entendimiento instantáneo. Saber solamente, sin más instrumentos que esa certeza íntima que penetra al ser de su infinitud, es ya una realización elevada de unidad con la vida. El camino prosigue. Y el misterio de la vida se convierte así en néctar que desvela y alimenta el alma del buscador, que es, en esta perspectiva, lo buscado. Lo hallado. La verdad poética. Lo que merece ser encontrado; y sin duda así será, si la convicción es firme. Si la certeza resplandece en el corazón.

La iluminación

La conciencia es el alma. En los Shiva Sutras podemos obtener la realidad manifiesta de la naturaleza de Shiva, la divinidad. De nosotros mismos y de todo cuanto hay. Meditar en ello significa estar iluminado. Meditar es entrar en la iluminación y cuando el estado de meditación es constante la iluminación lo es. Estar liberado en vida (jivan mukta) llena al alma de gozo y deleite (abhoga). Es el estado más puro del alma y una vez instalada ahí los conocidos estados ordinarios (vigilia, sueño, sueño profundo) quedan bañados de esta agua límpida de conocimiento.

No es difícil. Solamente hace falta sensibilidad (apertura) para acceder a la belleza. El conocimiento supremo es la verdad última y primera. Así nos integramos en la conciencia de Shiva. En los Shiva Sutras (I, 5) leemos: “Udyamo bhairavah”. Lo que significa que un destello o elevación repentina se produce cuando el Ser supremo nos envuelve. A partir de aquí ya todo puede ser elevación y destello sagrado. “Todos los fenómenos son el cuerpo”, “Drsyam sariram”, (Sh.S. I, 14). Externos o internos, para el ser iluminado ya todo es Shiva.

Dirá Sai Baba, despertándonos: “¡Este preciso momento es el momento! ¡El minuto que ha transcurrido está fuera de vuestro alcance; así también, el minuto que se acerca, no es vuestro! Solamente aquel Jiva [Ser viviente] que se ha grabado esta comprensión en su corazón puede fundirse con Shiva”. Si te mantienes firme y constante en esta verdad sencilla y profunda sin duda te hará libre. El conocimiento del ser (atmajñanam) se fundamenta en un claro discernimiento (viveka) acerca de la verdad del ‘yo’, no empañado por el ego, capaz de establecerse en su estado natural, en su fuente original, en su realidad suprema no condicionada de realización permanente. No inmóvil ni estéril sino tan viva y tan creativa como lo es, admirablemente, toda la Creación. La conciencia es el alma. Y libre es, en sí misma, iluminada y en constante revelación de incalculables verdades, colmando de deleite su esplendor. ¡Qué puede impedir que no vivamos ya esta dicha tan íntima! Absolutamente nada. El Todo está siempre llamando a nuestra puerta. Abrámosla.

Sueño del alma amada


Sueño es, alma mía, el sentirte tan cerca como te siento,
levantarme del abismo en la melodía de tu soplo susurrándome,
comprender que no hay sueño más real que la venida de ti,
el milagro siempre nuevo, la sorpresa que renace entre esplendores
y pausados silencios enamorados. Sueño es, alma tuya,
tenerte tan cerca, tan dentro que no hay espacios que me falten.
Completo como un cielo que amanece y toca el día
con su soplo de luz vibrante. Completo como el sol
que no le falta nada y nunca se apaga ni se turba.
Completo en ti, honda contemplación de lo divino,
aurora del último sueño en que despierto definitivo
y siempre renovado, bañado de tu luz pura,
encumbrado de tu hálito, alma mía,
que todo lo puedes y nada te falta.
Ya la medianoche nos llega y todo es perfecto.


Supraconsciencia

Todavía más allá de todo está el Todo, infinito e inabordable, fuente de aquello posible e imposible, mundo que nace a cada instante colmando de posibilidades al ser. En la contingencia gozosa, nada tiene su opuesto, no hay elección que nos limite ni lleve la atención al conflicto. Cuando ponemos la mente en dirección a la fuente primordial, al Todo que concilia en su calma y refulge en su acontecer de vida plena, la continuidad se concentra en un eterno presente. Comienza diciéndonos el Atma Puya Upanishad: “Meditación es la constante contemplación de Eso”. Esa contemplación no se puede nombrar, porque quedaría limitada. La verdad plena es dicha sin segundo, reconocimiento de todo lo que es e intuición de esa grandeza inabordable que baña de cognición lo infinito. Verdad sagrada que sobreviene de todo nacimiento, de cada respiración, de cada aliento de conciencia.

Apuntó Sri Aurobindo que “la conciencia del Purushottama [el más alto espíritu] es la conciencia del Ser Supremo y el hombre puede vivir en ella mediante la pérdida de su ego y la realización de su esencia verdadera”. Esto es la conciencia de Brahman, siempre hemos sido esa conciencia, estamos hechos de ella y empezar a comprenderla sintoniza nuestra voluntad con la Voluntad Suprema. He aquí la entrega gratificante, la voluntad limpia de aspiraciones egoicas, la comprensión del que ya no necesita saber para ser sino para seguir siendo lo que es. Eso es la realización del Ser, el camino en la continua sintonía de la verdad, la intuición del susurro de Brahman, la apertura a la totalidad que nos pertenece, porque llegar a ella significa haber regresado a casa.

Perder el ego significa ganarse a uno mismo. Sin condición alguna, sin ausencia de nada, pura completitud, auténtica liberación que nos lleva a la paz creativa de la autoconsciencia. Sin conflicto ni esfuerzo alguno, cuando el ser se instala en su siempre naciente eternidad ya todo es y nunca más podrá dejar de ser. Y esa certeza nos llena de una paz que no conoce límites.

La felicidad es libertad

Toda persona quiere liberarse del sufrimiento, lo que también se llama alcanzar la felicidad. En el deseo la visión de esa verdad se turbia con la ilusión de un futurible que atisbamos como aquello que nos aliviaría de esa carencia vital que parece poseer nuestro presente y nos proyecta hacia una especie de paraíso perdido que nos completase. Sin embargo, todo lo que anhelamos puede obtenerse en el presente, cuando, aunque parezca paradójico, dejamos de anhelar. Pero, no hay nada más lógico que eso. Porque el anhelo más puro del ser es aquel que no tiene proyección alguna en tiempo y espacio. Su anhelo es su ser y su ser está consigo, siempre presente, acompañándole.

Desear es olvidarse a uno mismo. Amar es recordarse, hallar al ser en sincronía con el mundo. Desear y amar son, ineludiblemente, antagónicos. Epicuro dijo: “Si quieres hacer feliz a alguien, no incrementes sus riquezas, reduce sus deseos”. Ese es el gran principio de la sabiduría. El único motor que puede incrementar la dicha a través de su virtuoso desprendimiento. Como afirmara el Maestro Eckart: “Quien quiera ser sereno y puro sólo necesita una cosa: desprendimiento”. Esta doctrina choca de frente con los ideales materialistas que reinan nuestra sociedad. Resulta difícil de comprender porque se expresa en una lengua distinta a la que nuestra civilización contemporánea gusta de hablar. Si lo pensamos bien, cualquier acto humano desea proyectarse, y en su afán, pugna con la realidad neutra que nada necesita para su continuidad salvo la naturaleza que la salvaguarda e impregna de evolución. Una frase de Krishnamurti puede tocar la fibra sensible del ego occidental: “La libertad es el cese absoluto de llegar a ser algo”. Estas palabras son capaces de romper muchos esquemas pero también, en consecuencia, y ese es su sentido, envolvernos en la calma sencilla de la verdad que revela. Siendo lo que somos, en este momento, serenos en el presente que nos manifiesta, la libertad es todo cuanto vemos. En la mirada interior de esta verdad se halla la respuesta. En el amor consecuente de esta deducción, aquel que lo da todo sabiendo que no necesita nada para que su ofrenda le llene de gozo. Eso es la felicidad, reconocer en este momento, la inmensa maravilla de lo que somos.

El yo libre de identificaciones



A menudo el “yo” vive en una continua percepción ilusoria de sí mismo. Allí donde hay identificación, hay ilusión. El mundo de los sentidos, de la memoria, del cuerpo que hace y deshace, fija una biografía no real de lo que somos y de lo que no somos. La limitación está presente en toda identificación. Ese principio del ego que en sánscrito se denomina “ahamkara”, literalmente significa “yo hago”. El “yo” toma la conciencia de hacedor de su obra vital, de su biografía. Todo ello puede producir cierta ansiedad, presión existencial, al pretender que cada acto nuestro nos refleje tal y como queremos que sea. “Nada hago por mí mismo”, leemos en la Bhagavad Gita. “Éste es el mundo de los sentidos que juegan con los sentidos”. Maya, el velo de la verdad, la gran ilusión, siembra una sombra entre la realidad y quien la contempla. Para el sabio no hay separación. Lo visto, me guste o no, es lo que soy. Cualquier pensamiento, cualquier sabor, sentido, percepción, opinión, forma, surge de mí (me revela) y al tiempo nada tiene que ver conmigo, porque no hay identificación.

Sabio es quien ha comprendido. Quien observa el mundo sin dualidad ni juicio constante. Todo es obra y reflejo del Uno. Todo está destinado a ser espacio del contemplar ecuánime y no apegado, porque de esta manera la creación es libre y continuamente transformadora, se expande y renace, se inventa y reinventa, sueña y despierta, ordena y reconoce su orden con toda la existencia. El Ser se encuentra a cada paso, no con su ego, a quien no necesita para existir, sino con su totalidad continua, que vuela como el viento, siempre siendo viento pero sin origen ni destino en que quedarse. El Ser se encuentra siempre en aquello que nunca puede sujetarse, pero sí penetrarse mediante el bello atisbo de su infinitud creativa. Finalmente nos queda una hermosa y plena afirmación: "Yo soy". Todo atributo será solamente algo circunstancial, pero no esencial.

El mundo y yo somos uno

La verdad es cierta en este instante en que todo se hace uno. El mundo y yo nos mezclamos como dos gotas de agua en el océano de la existencia. Nada hay que esté fuera del pulso de la vida, y recorro sobre su ritmo estaciones de silencio sonoro que me hacen comprender y conocer la voz secreta que graba la conciencia en los instantes de la contemplación ecuánime, vacía, no enturbiada por nada, segundo a segundo liberándose, haciéndose por momentos más clara y simple.

Todo es simultáneo y agradablemente sencillo. El despertar nunca quedó lejos. Abro los ojos y despierto a la vida, como a una suave canción con la que fluyo sin temor, guiado por la armonía y los compases de su perfección desvelada que envuelve en su continuidad y nos va transformando con su rotunda diversidad de acordes y enigmas del sonido, cobrando dentro de mí la exacta proporción de su maravilla.

No hay esfuerzo en la comprensión. El río está calmado. Nada hay que me impida bañarme en él. Y vivir esa experiencia con la única intención de estar en ella, sin otra distracción que ese momento en que fluyo y me expando en la realidad de mi ser integrándose con el mundo.

Ya nunca podré olvidarlo: el mundo y yo somos uno.

El milagro de existir

Existe la certidumbre de la vida oscilante, el nunca regresar al mismo sitio y el ver los años pasar por diversos mundos paralelos que se integran en la única vivencia real que podemos poseer: el ahora. Pero también esta posesión constante se trueca en ilusoria al escaparse como la arena entre las manos, dejándonos entre la duda y en la espera de una nueva verdad tangible que llevarse a la experiencia. Todo vuelve al silencio del olvido: las estructuras, los modos y reglas, hábitos y pasiones instaladas, melancolías y sueños de futuro: todo varía, se transforma imperceptiblemente hasta que un día descubrimos que transitamos territorios diferentes, imágenes que volver a poblar de interpretaciones y nuevas sabidurías aceptadas como actuales premisas para configurar un rumbo certero hacia lo que esté por venir.

Así va pasando el tiempo, hasta que el silencio rimado con la presencia atenta del proceso de existir, sentir, pensar o percibir se vuelven uno con el ser que habita todos los fenómenos de la experiencia propia y posible. Chuang Tse expresó lo siguiente: “El Cielo, la Tierra y yo nacimos al mismo tiempo; y toda la vida y yo somos uno”. Esta comprensión, advertimos finalmente, envuelve todo entendimiento en un único ritmo que configura toda la experiencia, llegando así la dicha de la sabiduría perenne, viendo que nada puede faltar, que somos todo lo que es, que siempre hemos sido ese ser que habita el Ser que se manifiesta en el camino, otorgándonos ser partícipes del milagro de la creación, experimentando en nosotros todo ese milagro. Siendo, en conclusión, nosotros, el gran milagro que se ha de descubrir: que está ya en nosotros, totalmente accesible, abiertamente realizable, abarcándolo todo. En cualquier parte se está expresando el milagro de existir.

La experiencia del Ser en la meditación

En la meditación hay una comprensión muy espontánea a la hora de progresar hacia el espacio de la no-mente. Lo primero, es que se disuelve la concepción misma del espacio como limitación de la consciencia. La mente divide y la no-mente multiplica hasta que se abraza la esencia misma de la multiplicidad, esto es, la infinitud. Es por esto que resulta inadecuado hablar, definir, en este ámbito de libertad absoluta. Llamarlo experiencia ya es limitar su contenido, pues toda experiencia requiere unos instrumentos perceptores, que en el cuerpo físico, están limitados a los sentidos, y en el cuerpo mental a los pensamientos. Nosotros percibimos el pensar y nos identificamos con este, pero, ¿acaso conocemos la razón exacta que motiva un tipo de pensar y no otro? Al mirar desde la consciencia, todo proceso tiene su llegar y su partida, sin que obstruya la percepción no motivada del hecho fenoménico. Franklin Merrell-Wolff prefiere llamar a la experiencia del despertar o del nirvana: “Reconocimiento”. Dijo lo siguiente relatando su propio despertar a la consciencia: “Fue un Despertar a un Conocimiento que podría denominar: Conocimiento por medio de la Identidad”. Vemos aquí que la identidad se desprende como un conocimiento esencial de la pura Realidad.

Cuando dejamos de reducir el conocimiento a la concreta experiencia que inconscientemente buscamos o anhelamos, y nos abrimos totalmente a todo lo que es, con la atención no dirigida, sin objeto alguno, entramos en la consciencia múltiple, en la llamada experiencia extática, o de unión total con el Uno. Ahí puede ocurrir cualquier fenómeno, pero la Identidad no depende de ellos. Ahí puede experimentarse la felicidad más absoluta, pero la Identidad no se esfuerza por controlar –aumentar o disminuir- esa emoción, sentimiento o pensamiento. Todo está y no está, porque ya es reconocido, ocurre sin el deseo de que ocurra, porque el deseo es necesidad, carencia, y esta felicidad siempre ha estado, no se va ni llega, somos uno con ella ahora y siempre. Krishnamurti relata así una vivencia de realización: “¡Había una calma tan honda en el aire y en mí…!, la calma que existe en el fondo de un lago profundo e insondable. Como el lago, presentía que mi cuerpo físico, con su mente y sus emociones, podía agitarse en la superficie; pero nada, absolutamente nada podía perturbar la paz de mi alma”. A pesar de los cambios aparentes que nos suceden y que incluso nos trastornan negativamente, podemos reconocer la paz absoluta del alma, intocada por nada, inalterable como la ley cósmica siempre creativa e increada que rige todos los acontecimientos.

El Katha-Upanishad dice lo siguiente: “Aquello por lo cual uno percibe lo que habita en los sueños y lo que habita en el estado de alerta como al grande y al eterno Ser, el sabio no se aflige”. Y también nos dice: “El conocimiento del Ser no nace ni muere”. Nos damos cuenta de la invulnerabilidad del conocimiento último, indefinible como concepto, pero definido como realidad reconocible en la valiosa y siempre presente Consciencia, que da luz y perenne florecer al Ser en que somos todo lo que se puede ser y no ser.

La experiencia del amor


No tiene nada de raro lo que digo:

el no ser nada y serlo todo a un tiempo.

Robert Adams


Ser todo y ser nada al mismo tiempo, así es la experiencia real del amor. En la entrega al todo experimentamos el surgimiento del vacío del ego, que trasciende lo ordinario mostrándose directamente al corazón, a través de un rayo de dicha resplandeciente. Somos nada en la entrega, somos todo al recibir la luz de la sincera apertura. Gratitud, felicidad consciente, al participar de ese amor que todo lo impregna donde no hay átomo que quede fuera de tal experiencia de humilde dicha.

Todo está completo, no se puede pedir más, porque la vida está siendo vida, y el corazón late al ritmo de la verdad que proyecta. En el amor no hay petición sino constante ofrenda. No hay condición sino confianza sincera. Hay unión total, sin diferencias. Hay realidad realizada en comunión, sin apariencias. Hay la vivencia del ser en un lance hacia la pura comprensión de que ya no queda nada más por pedir, pues en ese equilibrio eterno todo y nada se funden en un renacer constante de belleza y verdad aconteciendo.


Pensar en no pensar

Aquello que la conciencia conoce la mente no puede descifrarlo, a pesar de los símbolos, los mundos del discurso y paradigmas del lenguaje -con los que el pensamiento juega- resulta quimérico nombrar claramente las palabras del espíritu, las letras del aire. La mente es energía constante y cambiante, espejo de la realidad y rostro de la misma. Cuando conseguimos desapegarnos de la mente, verla desde afuera, sin implicarnos y sin que nos implique, llega un acercamiento directo al pensar silencioso, una curiosa paradoja que deja de serlo cuando la voluntad se torna en conjunción de presencia y acto. En la presenciada presencia de nuestra conciencia de estar (voluntad) el acto va encaminado a ser siempre reflejo de la identidad de su ser. Y es en el silencio donde el ser, libre de ilusiones, se conoce a sí mismo; porque está frente a sí mismo, frente al ritmo y la armonía de su potencia originaria, la fuente de su energía naciente y no nacida: su conciencia.

Leemos en la Bhagavad Gita: “La mente es rebelde e inquieta, pero se la pone bajo control con la práctica perseverante y el desapego”. Para apaciguar tal rebeldía es conveniente llevar una y otra vez a la mente a un silencio sereno y para que en tal acto no exista conflicto es prioritario comprender que la dualidad se alimenta con el apego y que la unidad, la libertad más allá de todo conflicto y dualidad, se encuentra en el desapego hacia esa energía de la mente que busca una y otra vez conocerse por medio de elaboraciones. Pero, una vez que llega el gran discernimiento de que el ser es completo por sí mismo y que estar –reposar- en él supone vivir –realizar- esa completitud, ¿qué más podemos querer elaborar a partir de esa certeza tan simple y grandiosa? Simple, porque está en nosotros y sin esfuerzo alguno podemos instalarnos en ella. Grandiosa, porque al instalarnos ahí el ser abraza su totalidad unitiva. Desde esta posición tan inequívoca e ilimitada, cito a Schopenhauer, “todo suceso de la vida se acepta como una manifestación de su poder”. Una visión realista, nada especulativa ni fantástica, un estar en el mundo, aquí y ahora, atento, integrado y fundido con todo lo que sucede, en su exacto acontecer.

La meditación, como puede deducirse, no es un acto aislado que llevamos a cabo en circunstancias concretas, encerrados en una habitación, a oscuras del mundo, sino que es el tomar conciencia de una actitud vital que se corresponde con estar siempre lo más cerca de nosotros que podamos. Es decir, la actitud más natural posible, ser lo que somos. Y así nuestra energía vital, sosegada, integrada en su ser, alcanza su estado de creatividad más pleno. El pensamiento, sin duda, es necesario, la razón es necesaria, pero, como todo, hasta cierto punto, sabiendo dónde están sus límites, no dándole más de lo que nos pueda ofrecer. Finalmente, llegamos a la conclusión de que a través de lo sencillo se resuelve lo más complejo. Parece arduo quizás llegar a ese silencio natural, domeñar al pensamiento, fuir en la vacuidad de la no mente y estar con ella sin embargo, conociéndola en su estado original de donde surge lo naciente. Nos llega la pregunta y con ella el enigma, por ello, conviene no perderse en los recovecos de esos enigmas por elucubraciones sin fin, que solamente consiguen agotarnos más. Elegir la respuesta sencilla nos aventura la vivencia profunda, nos da la clave correcta que ciertamente siempre hemos sabido. Así, leemos en el Shobogenzo del maestro Dogen: “Sentaos inmóviles en el estado de quietud de la montaña. Pensad en no pensar. ¿Cómo se piensa en no pensar? No pensando”. Y otra vez volvemos al silencio.

La conciencia, luz de todas las cosas

El tiempo lo toca casi todo, el cuerpo que conocemos hoy está cambiando continuamente, muriendo y naciendo a cada instante. La conciencia es lo que nunca nace ni muere, es aquello que no depende de nada y que sin embargo está en todo. No conviene confundir conciencia con mente y pensamiento, pues estaríamos habitando el territorio del lenguaje, de las diferenciaciones. Hablamos de una conciencia más allá (supraconciencia), ni grosera ni sutil, no hay conceptualización alguna que la abarque, llamémosla únicamente Eso.

Escribió el poeta Garcilaso de la Vega, concluyendo uno de sus más bellos sonetos: “Todo lo mudará la edad ligera / por no hacer mudanza en su costumbre”. Pues ya su costumbre es la mudanza, el tiempo, como dijimos al principio, que nos lleva de la infancia a la juventud, a la madurez, a experiencias de nosotros, en definitiva, que en ocasiones, aparentemente, nos muestran que aquello que fuimos dista radicalmente con aquello que somos ahora, al atravesarnos esa “edad ligera”, que en un abrir y cerrar de ojos hace del tiempo una experiencia contundente de impermanencia.

¿Cómo hablar de una conciencia no tocada por el tiempo ni por las circunstancias que lo acompañan, que no son sino agregados del ser que somos y que van componiendo nuestro ego? Todo ello conforma esa experiencia accidental de las cosas, que se torna en conocimiento, sabiduría, destreza, carácter, personalidad, individualidad, etc. Gaudapada desarrolla, en sus comentarios a la Mandukya Upanishad, ese cuarto estado (turiya) de no dependencia que va más allá y que a la vez comprende a otros tres sí dependientes: la vigilia, el sueño con ensueños y el sueño profundo sin ensueños. Dice así: “Turiya es conocido como la fuente omnipenetrante de todo lo que es”. En esta visión no-dual de la realidad, donde reconocemos una fuente totalizadora que sin embargo no puede conocerse conceptualmente sino por la propia experiencia de la presencia pura en ella, advertimos una verdad liberadora, que acaso podemos intuir con el limitado pensamiento, en la que nos damos cuenta de que es posible despojarse de todo lo que nos somete, de que es posible experimentar la libertad más pura sin ningún esfuerzo siquiera, pues ya está presente en nosotros, es, precisamente, aquello que somos lo que tenemos que presenciar. El presenciador es el presenciar.

Hay algo inefable en todo esto, una forma de estar presente que es plenitud auténtica, sin separaciones, sin grados. Pues quien alcanza el grado último, ¿qué más puede alcanzar? ¿Quien ve claramente lo que es, qué otra cosa puede dejar por abarcar su mirada? Gaudapada llama a este tipo de yoga “Asparsha Yoga”, el yoga sin contacto. El yoga de lo inefable. ¿A qué otra cosa puede unirse el yoga, que es unión en sí, si no es a sí mismo? ¿A qué otra cosa podemos unirnos si no es a la unión misma? Dice Gaudapada: “El yoga intangible (Asparsha Yoga) es dificil de alcanzar por todos los yoguis. Los yoguis le temen. Sienten temor por aquello que es (realmente la esencia del) no-miedo”. Tememos quedar suspendidos en el vacío, pero el vacío, en sí mismo, se sostiene en su equilibrio. Esa es la llegada a la presencia pura de la conciencia.

En el romanticismo se usaba una palabra muy bella: lo sublime. Hemos de ver claramente lo que significaba esa palabra. Muchos la identificamos con una belleza máxima, indefinible. ¿Pero qué producía precisamente esa belleza? Estaba producida por lo grandioso, por ese temor al abismo de la noche y sus misterios, a aquello que desborda la razón y el sentimiento humano. Ese temor tan romántico -véase Poe, Bécquer, Maupassant- a los espíritus, a lo desconocido, en definitiva, al gran abismo de la vida: la muerte. Todo ello configuraba una sensación de encantamiento, de goce estético, irracional, pero vivamente experimentado. ¿A quién no se la han puesto alguna vez los pelos de punta al vivir una situación que le desborda? A todo eso se le llama “sublime”. Jean Paul Sartre, apuntó la gran metáfora del existencialismo, habló de que el vértigo que realmente acontecía al hombre que miraba bajo sus pies un precipicio era precisamente la posibilidad de tirarse. A eso se le llama responsabilidad y libertad existencial, existencialismo.

Pero ya hemos superado todo eso. La posibilidad real de la meditación ha de superar cualquier limitación existencial, puesto que el ser primero es y luego existe, en la meditación se aprende a ser, y al realizar ese aprendizaje comprendemos que existimos por el solo hecho de ser, los límites se traspasan, la conciencia se asoma a la gran fuente de la Conciencia, a lo eterno, que no está más allá sino muy aquí, en el segundo sin segundo de pura presencia. Patanjali termina el primer capítulo de sus Yoga Sutras, donde se habla del samadhi, refiriéndose al gran estado de “interiorización completa sin semilla” (nirvija samadhi), donde toda impresión latente surgida del conocimiento intuitivo (prajna) es también borrada, purificada, y surge así la gran experiencia totalmente no nacida.

Suspendámonos pues en ese yoga inefable sin miedo a caernos. Las muletas sirven para ayudarnos a andar cuando no podemos hacerlo correctamente, pero hay que tener cuidado y no quedarnos siempre con el apoyo artificial, con la excusa de no estar todavía preparados. Seamos como el niño que toma la bicicleta por primera vez, algo asustado por si se cae, pero sin parar de pedalear, consciente de esa estabilidad necesaria que surge espontáneamente al iniciar su pedaleo. ¿Puede haber libertad mayor que esa? Una vez tomado el control sólo hay que dejarse llevar por el equilibrio natural de las cosas. Ser espontáneo también significa saber danzar con lo aprendido, con la técnica. Sentir que lo aprendido siempre ha estado con nosotros, que el paso siguiente que demos surge del paso anterior; y fluye y renace y se transforma en un nuevo y ligero acontecer.

“La experiencia misma de que usted existe es turiya”, dijo Nisargadatta. Ese estado de puro ser en la conciencia, en ti mismo, es lo que te hace proseguir tu camino con la certeza de que paso a paso hallas tu destino. ¿Acaso no es ya bella por sí misma, autosuficiente, la experiencia directa de descubrir al ser en la existencia? Sin duda que sí. La experiencia interior (la soledad o aislamiento trascendental necesario en la meditación) ha de entenderse sencillamente como una no dependencia de los objetos externos, pero ello no impide que abramos los ojos a todo lo que el dharma, el fenómeno continuo de la verdad del ser, nos presenta. Cuando el foco está bien dispuesto, bien estabilizado, deviene la conciencia justa, bien discernida, de lo enfocado. Escribió Sor Juana Inés de la Cruz en su “Primero Sueño”: “Ilustraba del Sol madeja hermosa, que con luz judiciosa de orden distributivo, repartiendo a las cosas visibles sus colores iba, y restituyendo entera a los sentidos exteriores su operación, quedando a luz más cierta el mundo iluminado y yo despierta”. Despertemos pues a la luz del mundo, con el solo acto de contemplarla, de contemplar el orden de todas las cosas, en la luz de todo, en la luz nuestra, que es, no hay duda, luz de todas las cosas.


Manantial de conciencia

En tu espacio, maestro verdadero

que arropa mi destino sin segundo,
encuentro resguardo auspicioso
para un vivir directo
al compás de la verdad.

En ti me refugio,
asiento mi viveza,
entrego mis causas
y efectos.

Todo uno me doy
a la fuente
que quita la sed
y otorga sus aguas
por siempre
a la totalidad.

Manantial de conciencia,
sea tu luz mi única morada.

Vivir el ahora

Viviendo el momento presente -de forma completa, en plena atención- se logra comprender la eternidad. Cuando sólo hay lo que existe en este momento, nuestra acción se convierte en un no-hacer, en un dejarse llevar, en espontaneidad absoluta. Nos dice el Tao Te King: “Pocas cosas bajo el cielo son tan instructivas como las lecciones del Silencio y tan beneficiosas como los frutos del No-Hacer”. El Tao es el movimiento mismo de las cosas, poniendo la conciencia ahí, sin tratar de mover nada a nuestra manera forzada; y sólo de esta manera es posible fluir con la vida: en la danza espontánea que deviene del instante presenciado en el momento en que sucede, pues no hay otra presencia que el presente.

El recuerdo es el camino que toma el olvido una vez que se desvanece el presente culminando su ruta hacia ninguna parte. El recuerdo también es un acto presente que se pone ante nuestros ojos para tomar conciencia de que nada permanece, dejando su huella ser difuminada por el viento del olvido hasta que finalmente la borra, tal que la luz borra la noche y la amanece. Vivir en el ahora supone vivir completamente, haciendo nada más que lo que ha hacerse, comprendiendo nada más que lo que debe comprenderse y no aquello que interpretamos que ha de verse. Revisar lo vivido es como recordar la fragancia de la rosa, su esencia ya no es real, el contacto directo se ha perdido y con ello su verdad.

Escribió Vicente Huidobro: “Por qué cantáis la rosa ¡oh, Poetas! Hacedla florecer en el poema”. Pues la rosa misma es ya la canción, la vida misma es la canción; y florece a cada instante. ¿Por qué perdernos ese instante glorioso llevando la mente a otra parte que en verdad no existe? De todo esto nos han hablado los grandes sabios de nuestro tiempo, nos lo han ‘recordado’ una y otra vez, porque nuestra memoria, a pesar de todo, olvida continuamente, pues la mente está fijada ineludiblemente al presente, a lo real que acontece. Es su estado natural.

No hay verdad más allá de la comprensión directa de las cosas, esa comprensión nacida directamente de la vida. Krishnamurti lo expresó mejor: “La verdad está en la comprensión, sólo puedes verla si sabes verla en tu vida”. La vida es el auténtico laboratorio del científico del espíritu, su vida misma, su vida aconteciendo en su ser, fundiéndose lo vivido en la luminosa eternidad de lo simultáneo, en la luminosa percepción sin timón perceptor, dejando que guíe el barco el viento y las olas del ser.

El conocimiento directo del Ser

Ya no queda nada por conocer, nada que conseguir mañana. En este mismo momento la libertad está a tu alcance, la conciencia está en ti y puedes descansar en ella, en la infinitud simultánea de la no discriminación, de la no dualidad. Cuando el pensamiento se aquieta surge el verdadero conocimiento, se accede a un grado superior de experiencia directa del conocimiento (vijnana) en el que todo es comprendido a través del contacto con lo real, con lo que es.

En el Yoga Vasishtha leemos: “Aquél que comprende que todo el universo no es realmente sino conciencia y permanece calmado, es protegido por la armadura de Brahman; es feliz”. Esta profunda comprensión no se expresa en palabras, su expresión es el cambio mismo de la conciencia, la revolución del ser traspasado por su experiencia directa con la identidad que verdaderamente le expresa. No se trata de negar la realidad ordinaria, tampoco de aceptarla, no es necesaria ninguna actitud, ninguna elección, solamente se trata de ser, de fundirse, de estar absorbido por lo que quiera que acontezca. Desde esta esencial vivencia del ahora, sin mí ni los otros, pero en mí y en todos, la mente se asienta en su discernimiento (viveka), en su inteligencia (budhi), en la realidad del estado despierto, consciente, de la unidad.

El Buda, en su estado meditativo que le llevó al despertar, se fundió con la respiración, con el espacio ilimitado, con la conciencia ilimitada, con la nada, hasta llegar, tras estas absorciones, al estado perfecto de “ni percepción ni no percepción”. En este estado de ecuaniminidad y vacuidad completa, que ni siquiera ha de llamarse estado -pues está más allá de cualquier modificación- extinguió su conciencia individual en la felicidad suprema, indescriptible, del nirvana.

Dirá Nagarjuna: “Cuando la conciencia ha encontrado y se ha aposentado en su destino, entonces la personalidad psicosomática (nama-rupa, nombre-forma) queda impregnada de ella”. Esta conciencia advertida no hay que buscarla fuera, está en nosotros, es ella realmente quien nos reconoce, desde lo más profundo del corazón, donde el amor no puede borrarlo el olvido y el reencuentro es inevitable, pues todo exiliado busca constantemente su hogar, su origen, hasta que lo encuentra. Como al despertar de un sueño comprendemos que éste no fue real, así, en el despertar a la Conciencia Aboluta, al Sí-mismo, a Brahman, a Dios… comprendemos también que esta vida ha sido una ilusión; y así, en esta realidad, superamos las limitaciones del ego y nos asentamos de nuevo en la conciencia de Brahman, en nuestra conciencia más allá de cualquier restricción, absolutamente embarcada en la libertad del ser.

Ya no hay fronteras, ya no queda nada por conocer. Yo soy lo conocido. Yo soy eso. Yo soy, indago en mí desde Mí, desde el Sí. Esta indagación (atma vichara), de puro contacto real, de puro acercamiento, de puro desvelamiento, no tiene límites posibles, la dicha es Dicha constante e infinita. El conocedor me conoce, y en esa entrega, yo ya no soy el que conoce ni lo conocido, soy eso, el Conocimiento, la Conciencia. Oigamos de nuevo el Yoga Vasishtha: “Meditamos en ese Ser inmutable, nuestra realidad, cuya beatitud surge en la mente a causa del estrecho contacto entre el que ve y lo visto”. Sigamos, pues, meditando. Disolviendo cada vez ese estrecho cerco, hasta fundirnos, completamente, en lo que somos y siempre hemos sido: nosotros mismos.

Atman

El silencio me habla de lo eterno,

desvela el no ser entre palabras de aire

y su luz me nombra, en la armonía callada del viento,

suavizando, anudando la comprensión total

de lo incomprensible. Y despierto al misterio

y abrazo su conocimiento inabordable,

y en ese no saber, en esa nube sin término,

descubro que ya nada me queda por conquistar

porque soy yo el conquistado, en este rapto de silencio.

Porque soy el alma que su reino alumbra sin recelo, entregada,

imbuida, en este sueño claro que va a dar a la Conciencia.

La concentración de la mente

La mente acostumbra a vagar en sus pensamientos, generando actividad, movimiento. Una fuerza, un impulso, quizá llegado del karma, mueve la mente avivando una trayectoria que, como al pedalear un rato la bicicleta y después soltar los pedales, sigue su curso por sí sola. Entonces, si además el trayecto se torna cuesta abajo, el pensamiento, como la bicicleta, se nos vuelve ingobernable, el impacto del freno repentino podría ser desastroso. La mente genera y genera nuevos impulsos, dialoga con ellos, se involucra constantemente en esos monólogos interiores que sacuden la quietud mental, quietud ausente en ese nivel, pero presente en lo más profundo (lo subyacente). El pensamiento es regenerador. Un solo pensar sobra para poner en marcha todo el engranaje del movimiento mental, un nuevo impulso y la velocidad aumenta, el discurso se recobra. Entonces, ¿qué hacemos para instalarnos en la quietud sin conflictos de este tipo?

El silencio mental, estable, supone un trabajo excepcional, pero de inigualable valor cuando se logra. La primera regla es no entrar en lucha con el pensamiento, no formar la dualidad ruido-silencio, no mantenernos en ese combate infructífero. Hay que vencer la dualidad. No es necesario ese diálogo represivo con la mente.

Razonable es, ante ese desequilibrio, encontrar un punto de equilibrio, una base sólida hacia la cual llevar toda esa energía mental. A esto se llama concentración, dhârâna, en sánscrito; que llevará, según Patañjali a la meditación (dhyâna) y a la absorción profunda (samâdhi), cuyo perfeccionamiento y uso apropiado de cada uno de ellos es llamado: samyama, control mental. (Yoga Sutras, III, 4).

Y un punto (objeto) básico que observar es la respiración, el aliento. Algo que sucede sin que nosotros lo provoquemos, siendo, por tanto, una energía espontánea, como la vida misma. La respiración tiene un ritmo, una vitalidad musical. Un suceder coordinado, inteligente. En el texto budista-taoísta T’ai-yi Kin-hua tsong che (Tratado de la Flor de Oro del Uno Supremo) leemos lo siguiente: “Sin hacer rítmico el aliento resulta imposible alcanzar el secreto más profundo”. La energía generadora de pensamientos nos distancia del aliento y observamos luego que el ritmo pierde su armonía. Al observar el aliento, al hacernos uno en él, recordamos su ritmo latente, ese manantial de paz sobre el cual reposamos la mente. Leemos también en el Tratado citado: “Tras un trabajo consecuente de cien días, la luz se vuelve pura: entonces puede emprenderse el trabajo con el Fuego del espíritu”. En este texto se nos dan dos objetos de concentración: la respiración (como base) y el entrecejo (como centro al que enfocar la energía, “campo de fuerza y de luz”). Ya sea el entrecejo, el corazón, todo el cuerpo, todos los chakras, de forma simultánea o escalonada, de forma selectiva o enfocando la concentración en el punto que se manifieste en forma de dolor, sensaciones, percepciones, etc. La clave de esto es la capacidad que tenemos para ser dueños de nuestra propia energía y que no sea ella la dueña de nosotros. Entender la capacidad propia –con la atención- de establecer el foco, y reposar ahí, penetrando –conociendo en profundidad- la vasta intensidad de luz que el foco desvela. Actuar al observar, al apuntar la mirada, pero ser pasivos en el proceso de observar, como espectadores. Activos al impulsar el arco. Pasivos al mirar el recorrido de la flecha.

Con la respiración enfocada en atención constante (la acción de la no-acción), dejamos de reimpulsar el movimiento del pensamiento (de la distracción) y mantenemos su quietud controlando los impulsos mentales, sin forzar, recordando solamente -cuando perdamos la atención- que debemos volver a establecernos ahí, en la quietud enfocada. Así el silencio mental se convierte en un bálsamo de paz absoluta, de dicha meditativa capaz de desvelarnos nuestra naturaleza original, de llevarnos a ella. La contemplación permanente, como se nos advierte en el Tratado de la Flor de Oro, es fluida y sutil: “La contemplación fijante es necesaria: produce la fijación de la iluminación”. Fluida y sutil, su centro es la libertad más pura, una libertad inteligente, es decir, amorosa. “Por eso [leemos en este Tratado] los discípulos deben tender a ello con corazón sincero”.

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